Mostrando entradas con la etiqueta ofm. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ofm. Mostrar todas las entradas

HISTORIA

jueves, 13 de septiembre de 2012

Reseña histórica de la llegada de las "
Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción"
 a Centro América





En abril de 1928, son expulsadas violentamente de México, seis hermanas que desempeñaban su labor apostólica en el hospital de Nuestra Señora de Lourdes, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México.

Siendo ellas: Cristina Ramírez, Alfonsina Segovia, Socorro Uribe, María del Amor Chávez, Lucina Montoya y Rosalía Rodríguez.

Llegaron a Guatemala a la finca “Gracias a Dios”, donde se les brindó apoyo y hospitalidad por la propietaria de la hacienda.

Después de seis días continuaron el viaje hasta Chiantla, donde fueron acogidas por el Párroco, que les proporcionó un vehículo que las llevó a Huehuetenango, de donde pasaron a Mazatenango; aquí tomaron el ferrocarril hasta la Ciudad de Guatemala, esperándolas en la estación, el Padre Eduardo Flores, quien les buscó hospedaje en la ciudad. Permanecieron una semana en la Casa Central de las Hijas de la Caridad.

La madre Cristina Ramírez se recordó que el Padre Agapito Martínez se encontraba en la Ciudad de Santa Ana, El Salvador, Párroco desterrado de San Cristóbal de las Casas, lo que las llenó de alegría y esperanza, por la intercesión del sacerdote ante el Sr. Arzobispo

de San Salvador, Alfonso Belloso, quien las acogió permitiéndoles establecerse en su diócesis; radicándose a partir del 28 de mayo de 1928, en la Ciudad de Zacatecoluca, La Paz; donde prestaron sus servicios en el Hospital Santa Teresa.

A partir de esta fecha, el servicio apostólico de las Hermanas se extiende por Centro y Sur América.

Actualmente en Centro América se cuenta con dos Provincias: “El Divino Salvador” y la Provincia “Nuestra Señora de la Paz”, a esta última pertenece el Complejo Educativo Católico “Nuestra Señora del Rosario”.

La Provincia Nuestra Señora de la Paz, se extiende por El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Perú, Chile y Argentina.

I Plática Sobre la Formula de la Confesión

Secundum multitudinem dolorum meorum in corde meo consolationes tae laetificaverunt animam meam. Según la multitud de los dolores míos en mi corazón tus consuelos alegraron mi alma. (Sal. 93,19)


1. Después que el pecado nos ha robado la paz y la tranquilidad de la conciencia; después que el orgullo, el amor propio y las pasiones han lacerado nuestro corazón; después que se nos han escapado de las manos los gustos sensibles; luego nos salen al encuentro el despecho, la rabia y la desesperación o al menos el desconsuelo, la tristeza y desaliento. Y si una mano omnipotente no nos abriera las puertas de la esperanza y del perdón en los momentos de naufragio, seguramente nos arrojaríamos en la perdición como Judas. Pero Dios nuestro Señor, se compadeció de nuestra miseria, nos ha provisto de medios fáciles y eficaces que nos restituyen la paz y la tranquilidad. (1) de manera que podemos repetir las palabras del Profeta Rey: “Según la multitud de los dolores y angustias del corazón, así han sido tus consuelos que alegran mi alma; la medida de mis maldades, pecados, negligencias y tibieza ha sido la medida de tus misericordias, bondades y piedad”, (2)


2. La conducta de la Magdalena prueba de una manera palmaria esta verdad, cuando despreciando todos los respetos humanos, atraviesa la sala del convite; se arroja a los pies del Salvador; y los baña con bálsamo y con sus lágrimas (3), como para dar un público testimonio de la abundancia de consuelos de que le llenaba el Divino Maestro.


3. Nosotros fuimos depositarios de los mismos sentimientos de la discípula de Jesucristo, si no en el mismo grado, al menos en otro más remiso. Mas el hábito, la costumbre y la falta de atención llegan a envilecer aún las más estupendas maravillas de la naturaleza y de la gracia como aconteció a las turbas que, después que presenciaron la multiplicación de los panes (4), proclamaron al Redentor del mundo como Rey (5) y no lo hicieron antes a pesar de estar palpando la maravillosa creación y reproducción de todos los seres: ésta, por su larga duración, había llegado a envilecerse; y la multiplicación de los panes los sorprendió como una cosa nueva.


4. Lo mismo nos pasa a nosotros en nuestros ejercicios y prácticas diarias. No podemos negar que hay momentos en que uno se encuentra fuera de sí mismo, como le sucede al sacerdote cuando por primera vez ofrece delante de los ángeles y de los hombres un voto, una promesa que le une y le hace todo de Jesucristo, pero prescindiendo de los actos sensibles que entonces nos afectan, debemos conservar y aún aumentar el fervor y devoción substancial.


5. Aún no está descubierto el plan de la presente exhortación. No se trata de transformar a un pecador y delincuente en justo; ni de encender en el fervor a un corazón tibio; nuestro objeto es que unamos los pensamientos y afectos con las palabras que componen la fórmula, que sirve de introducción a la confesión sacramental (6).

6. Yo, pecador ¡qué manantial de reflexiones! Yo, que he recibido el alma y el cuerpo, los sentidos y potencias para conocer, amar y servir a mi Creador y que he convertido estos mismos sentidos y potencias en instrumento para herir, ultrajar y vulnerar el corazón de mi Dios.


7. Yo, pecador, que he recibido no esculpidos en tablas, sino impresos en mi corazón (7) los diez mandamientos, y que he quebrantado uno por uno, con palabras, obras y pensamientos.

8. Yo, que he sido rescatado de la esclavitud del demonio (8) y que he profanado el mismo precio de mi redención con mis comuniones y confesiones sin dolor ni propósito y tal vez aún callando pecados.

9. Yo, que en lugar de llegar al santo tribunal lleno de confusión y vergüenza estoy sólo pendiente de quién se detiene más o menos, y después convierto un acto tan serio en tribunal de litigio y en estrado de conversación.

10. Yo, pecador, que siempre vuelvo con mis propios pecados (9), que nunca hago lo que me mandan, y que constantemente estoy exigiendo una larga exhortación, porque no quiero decir u oír misa con fervor, porque no quiero rezar con devoción, porque no quiero meditar con atención.

11. Yo, pecador, víctima perpetua del orgullo, de la vanidad, del amor propio y de otras mil pasiones viles, que siempre me tienen pegado a la tierra, sin que pueda emprender el vuelo hacia el cielo.


12. Yo, pecador, y no el superior cuyos mandatos cumplo con repugnancia y con fastidio. Yo, pecador, y no los compañeros con quienes estoy mal parado y a quienes interior y exteriormente veo y trato con desprecio.

13. Yo, pecador, que cierro mis oídos a las inspiraciones divinas y que ando siempre con el corazón y los sentidos derramados. Yo, pecador, que por una soberbia oculta llevo veinte y más años enredado en mil escrúpulos y preocupaciones que convierten en sal y agua los más heroicos sacrificios.

14. Yo, pobre pecador, que esmalto mis palabras y acciones con el estiércol sucio del faldo celo y de una perversa intención.

15. Yo, pecador, que habiendo ofrecido llevar una vida de penitencia y santidad, me contento de un modo solapado con las máximas del mundo.

16. Yo, pecador, me confieso, ¿a quién? No a un superior a quien puedo engañar, no a un hombre que no conoce los secretos de mi conciencia, no a un amigo que me adula, no a mis partidarios que obran y piensan como yo: me confieso a mi Dios omnipotente(10) que me saco de la nada(11); que estremece la tierra y humilla los montes y collados(12); que sujeta los mares; manda los vientos y gobierna las tempestades; me confieso a Dios omnipotente(14) en cuyas manos están la vida y la muerte(15), las laves de la gloria y los cerrojos del infierno; me confieso a mi Dios omnipotente que castigó las ciudades nefandas; reduciéndolas a cenizas(16), que inundó la tierra con las aguas del diluvio(17); que abrió la tierra para que se tragase a los desobedientes en el tiempo de Moisés y que quitó la vida repentinamente a Osa, sacerdote, y por un pecador leve.

17. Me confieso a un Dios omnipotente, que me ha sufrido y tolerado, y que en lugar de castigos hoy llena mi alma de consuelos. Me confieso a un Dios infinitamente sabio, que conoce mis pecados, con todas y cada una de sus circunstancias y malicia, porque todo lo vio, todo lo oyó, y pequé en su misma presencia sin temor a sus amenazas y sin amor a sus finezas. Me confieso a un Dios infinitamente santo que encontró manchas aún en los ángeles, a un Dios que tiene decretado no admitir a nadie en el cielo si no es imagen perfecta de Jesucristo.

18. ¿He reflexionado en alguna de estas verdades, al recitar la confesión general? Tal vez no, y por esto me llego sin respeto; me quedo como estatua de mármol sin contestar y lo que es aún peor, me atrevo a combatir lo que se me previene.

19. Pidámosle al Señor con el santo Job, nos dé a conocer nuestros delitos y maldades…(18) Scelera mea et deleicta ostende mihi

20. Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada Virgen María.

21. ¡Qué vergüenza! Presentarme encadenado de pies y manos delante de la Inmaculada María, que detiene con su pie la serpiente del paraíso (19) con quien yo entro en amistad y perfecta alianza ¡Qué rubor! Ponerme delante de la criatura más santa con unos ojos sin modestia, con una lengua sin freno, con un paladar sin templanza, con unos oídos sin puertas, con unos pies perezosos para correr por los caminos de la justicia y santidad. ¡qué confusión! Llevar a los pies de la Virgen pura una voluntad siempre inconstante, un entendimiento siempre orgulloso, una fantasía llena de objetos peligrosos y ociosos y un corazón árido, seco, sin jugo de devoción. ¡Qué contraste! Llevar a los pies de la divina Madre los mismos sentimientos del pecado, los instrumentos con que he coronado de espinas; con los que he azotado; con los que he burlado; con que he llegado al Hijo predilecto de sus entrañas. Yo, pecador, me confieso a la Virgen María cuya devoción he abandonado; cuyos maternales avisos he despreciado; de cuya amorosa solicitud he abusado. Yo, pecador, me confieso a la Virgen Madre, a quien una y más veces he obligado a presenciar de nuevo la dolorosa escena del Calvario; mis pasiones, mis gustos, mis caprichos han superado a su dolor, a su amargura, a su justo llanto. Yo, pecador, me confieso a la Virgen María, contra quien expresa o tácitamente he cometido el horroroso pecado de decir; “no te volveré a pedir nada, porque no me alcanza lo que deseo”. Pidámosle al Señor con el santo Job nos dé a conocer nuestros delitos y maldades…”Scelera meat et delicta ostende mihi (20).

22. Yo, pecador, me confieso al bienaventurado Miguel Arcángel, al Jefe de los ejércitos celestiales, al primero que enarboló el estandarte de obediencia en honor del Altísimo, al que tuvo la gloria de arrojar de las mansiones eternales y perseguir hasta los confines del cielo a los ángeles apóstatas, al que está encargado de presentar nuestras almas al tribunal del Omnipotente.


23. Y ¿cómo me presento delante del Príncipe Celestial, cuando he sido vencido y pisoteado de mis enemigos? Y ¿cómo me llego a los pies de Miguel cuando con mis propias manos he levantado el estandarte de rebelión contra el mismo Dios, cuando me avergüenzo de doblar la rodilla al atravesar las calles del Rey inmortal de todos los siglos? Y ¿cómo me acerco al Ángel primero, quien no se engrió al verse más bello y más hermoso que el lucero de la mañana? Y ¿cómo me presento al Ministro Altísimo, que ha de coronar y publicar mis triunfos, o que con espada de fuego me ha de impedir la entrada en el Paraíso?


24. Yo, pecador, me confieso al castísimo patriarca señor San José, al esposo de la Inmaculada María, al hombre destinado para guardar, no el trigo en los almacenes del Faraón (22), sino el pan vivo que da la vida al mundo (23), y que llena de delicias, de dulzuras y consuelos a los que han sufrido el hambre y carestía que producen las pasiones.


25. Yo, pecador, me llego a los pies de José, cuya conducta no he imitado cuyos ejemplos no he seguido, de cuyo patrocinio no me he aprovechado. José obedece sin réplicas ni excusas cuando se le previene que se oculte en Egipto con el Niño (24), mientras que yo me informo¿quién? Y ¿por qué me mandan? José recibe con igual presencia de ánimo las penas y los gozos, mientras que yo me hundo en la desconfianza, desaliento y desesperación; cuando del cielo no llueve sobre mí ni el rocío de la devoción y ternura sensibles.


26. Yo, pecador, me confieso al poderoso José, cuya misericordiosa protección no he implorado, para dilatar el cristianismo, para alcanzar los progresos del Instituto, para conseguir la conversión de tantos pecadores que muriendo van a poblar el infierno, y para tener un defensor, un abogado en los momentos supremos de muerte.


27. Yo, pecador, me confieso a San Pedro y San Pablo; a Pedro, a quien he seguido en las negaciones y perjurios y no he imitado en la penitencia, a San Pablo, quien herido una vez por la mano de Dios, no retrocedió jamás a los caminos de la iniquidad (26), mientras que yo imito la dureza del Faraón; no me doblego ni con las plagas y castigos, ni con las estupendas maravillas de la gracia.






28. Yo, pecador, me confieso a todos los santos, es decir, a los Patriarcas que suspiraron por el Mesías (28) que yo veo con tanto olvido en el Tabernáculo, a los Profetas que en la persona de Israel lloraron mis perfidias, mis maldades y pecados; a los Apóstoles que no retrocedieron a la vista de las cruces, de las sierras y del cuchillo.


29. Yo, pecador, me confieso a los Mártires y Confesores, a las Vírgenes cuya constancia no he seguido, cuya penitencia no he practicado, cuya pureza no he obtenido.


30. Yo, pecador, me confieso a Luis Gonzaga, a Rosa de Lima, a Catalina de Siena y a Margarita de Cortona y a los santos cuyos nombres llevo.


31. Si sigues, alma mía, en tus mismos pecados en tus mismas tibiezas, despídete para siempre de la Patria celestial, de todos sus moradores, non habebis partem mecum. Si no te enmiendas, si no mudas de conducta, no tendrás parte con nosotros (29); me dicen a una voz todos y cada uno de los Santos, delante de quienes sólo me confieso de labios.


32. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, a quien veo como un puro hombre en el tribunal de la penitencia siendo así que tienes el lugar de Dios y tu potestad se extiende sobre los reyes e imperios, sobre los cetros y coronas y llega hasta los confines de la eternidad; en efecto, si me tratas, Padre mío, con el rigor que merezco, mi alma queda hundida en la mayor consternación(36) y me quedo con mis pecados atado de pies y manos; el sueño huye de mis ojos(31), los perros, las moscas y aún mi misma sombra me espanta; recurro a la Virgen Inmaculada, me postro a los pies de los apóstoles, de los mártires, me acerco a los confesores y a las vírgenes; funes peccatorum circumplexi sunt me; pero nadie perdona mi pecado(32).


33. “Ofreceré mi maternal amor (33), dice la Santísima Virgen;“presentaré las cicatrices de mi martirio”, dicen los confesores de la fe;“disponed de nuestras penitencias”, contestan los anacoretas y las vírgenes; pero id al que tiene la autoridad de Dios (34) para que pueda decir con verdad: “según la multitud de los dolores y angustias que oprimen mi corazón, así han sido los consuelos que has derramado en mí.”(35)


34. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, a quien tantas veces he desobedecido, a quien multitud de veces he replicado; a ti, Padre mío, de cuya caridad he abusado, cuya paciencia he exasperado, cuyos consejos he despreciado; a ti, Padre mío, de quien tantas veces he murmurado, a quien tantas veces he fallado, cuyos secretos una y más veces he revelado.


35. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, contra quien elevo altas quejas, porque confiesas a los licenciados, a los artesanos, a las viudas y a los pobres hilachentos haciendo tan poco caso de mi, después que llevo que te sufro, que te tolero.


36. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, y con cuanta propiedad puedo repetir la confesión del hijo pródigo del Evangelio; “Padre mío, he pecado delante del cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”(36), he disipado los bienes de la naturaleza y los dones de la gracia, he botado a la calle: mandamientos, reglas y constituciones, sin hacer caso de las exhortaciones y súplicas de ti, Padre mío, he marchado a las regiones extrañas de la tibieza y del pecado con la circunstancia de que el hijo pródigo, una vez pecó, una vez entró dentro de sí mismo y no nos refiere el sagrado texto que de nuevo se hubiera separado de la casa paterna.


37. ¿Cuántas son las confesiones? Confieso que pequé por mi culpa y no por culpa del superior, que es joven y no tiene tino ni experiencia para mandar con acierto; porque me entregué a los excesos de ira y cólera, y no por culpa de Fr. Alberto que se extralimitó en las maneras de aconsejarme; porque me dejé dominar de la envidia; porque no puedo ver ojos hermosos en cara ajena; porque se me alteran los nervios, derramo copiosas lágrimas por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa, porque he burlado el cuidado de mis padres, maestros y superiores.


38. Pequé por mi culpa, por mi grande culpa, es decir, con todo conocimiento, con entera voluntad y con referida malicia y despreciando los remordimientos de conciencia y metiéndome de propósito en las ocasiones en que vacilaría la virtud más antigua y la santidad más heroica.

39. Pequé por mi culpa, por mi grandísima culpa, es decir: he practicado la maldad con perfidia, con obstinación; no tengo paz ni tranquilidad (37), pero si quiero satisfacer todos mis gustos. Se desconcierta el espíritu, se evapora la devoción; pero yo quiero hablar todo el día. Sé que se pierde la concordia entre mis hermanas, mas yo guardo silencio cuando debía hablar, y hablo cuando estaba en mi deber callar (38).


40. Pequé y por lo tanto, ruego a la Inmaculada María que me alcance el perdón de mis pecados, negligencias y maldades pasadas, y que el año 67 no sea tan estéril de buenas obras como los anteriores años.

41. También ruego al príncipe Miguel que sea mi fortaleza y mi escudo de defensa contra las asechanzas e insidias que me previenen y preparan mis enemigos.


42. Imploro la clemencia de José, del castísimo esposo de la Virgen María, para que sea casto en mis palabras, obras, pensamientos y deseos; para que merezca recibir dignamente no en mis brazos, sino en mi pecho, al Niño recién nacido en el establo de Belén (39); y para que tenga la dicha de morir en el regazo de María y en la presencia del dulcísimo José.


43. Pequé y por tanto, ruego a los santos apóstoles San Pedro y San Pablo que me alcancen de Dios nuestro Señor una entera confesión de mis pecados, que por ellos no me impidan la entrada al reino eterno de la gloria.


44. Pequé y por tanto, imploro la clemencia de todos los santos; del inocente Abel, para que mis sacrificios merezcan ser consumidos por el fuego de la caridad y recta intención del patriarca Abraham, para que mi obediencia sea pronta y ejecutiva; del humilde padre mío San Francisco de Asís, porque por el anonadamiento propio se sube a la gloria, se practica la virtud y se adelanta en la perfección religiosa.


45. Pequé y por lo tanto, recurro a ti, Padre mío, para que seas el consejero en mis dudas, el médico en mis enfermedades, el maestro en mis ignorancias, el protector en mis combates, la luz en mis perplejidades, el sostén en mis escrúpulos, el guía en mis extravíos y el padre compasivo en todas mis necesidades, ya no más abusos de vuestra caridad, ya no más torturar vuestra paciencia, ya no más pueriles preguntas, ya no más enfadoso silencio, ya no más lagrimas sin contrición.


46. Año nuevo, vida nueva, vida de religioso y no costumbres de seglar:“Ahora me acuerdo de los males que causé a Jerusalén y muero de tristeza”, decía el impío Antíoco.


47. Ahora recuerdo, aunque en medio de una santa tristeza y de una firme esperanza, los males que presenció la Jerusalén de mi alma, ahora traigo a la memoria los mandamientos quebrantados, los sacramentos profanados, las reglas de mi Instituto despreciadas. Ahora recuerdo las misas celebradas, el divino oficio rezado con distracciones y sin compás (40); también recuerdo todos los males que he hecho y todos los bienes que he dejado de practicar. Me remuerde el tiempo perdido y, por tanto, pido a toda la corte celestial y a vos, Padre, que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Amén.


48. Y Tú, Señor, que mandaste y todas las cosas fueron creadas (41), que dijiste y todas las cosas fueron hechas (42); tu, Señor, dominas los vientos, los mares, y las tempestades. Tú, Señor, que humillas las colinas, montes y collados (44); Tu, Señor, que vistes de árboles, plantas y flores de los campos, bosques y jardines (45), Tú, Señor, infunde tu santo temor a las médulas de mis huesos, a los senos de mi corazón, a lo íntimo de mi alma. Así sea.


1. En los que reciben el sacramento de la penitencia con un corazón contrito y con una disposición relgiosa, “tienen como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia a las que acompaña un profundo consuelo espiritual”(Cc. De Trento: DS 1674).En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera“resurrección espiritual”, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Lc 15,32), Cat. 1468 b.

2. Cf Sal 93,19.

3. Cf Mc 14, 3-9; Mt 26,6-13; Jn 12, 1-13.

4. Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17; Jn 6, 1-13

5. Jn 6,14-15.


6. Consciente N.P. Fundador que la contriccción es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar, nos invita a poner toda la atención en la fórmula de contrición, acompañándola con la mente y el corazón. Cf Cat. 1471. Hoy la Iglesia también nos pide seria preparación para celebrar este sacramento: “Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un exámen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios . Los textos más adaptados a este respecto se encuentran en el Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (cf Rm 12-15; 1 Cor 12-13; Ga 5; Ef 4-6) Cat. 1454.

7. Cf Ez 36,27.

8. Cf Rm 6,17-18; 8,21-22.

9. Cf Rm 7, 15-20.


10. Imbuído de la espiritualidad de San Francisco, admirado de la Omnipotencia de Dios, le descubre en Cristo.El Dios trascendente se hace cercano en la Encarnación.

11. Cf 2Mac 7,28.

12. Cf Sal 97,4.

13. Cf Sal 65, 7-8.

14. Una lectura al Cántico de las Criaturas de San Francisco, obliga a subrayar los títulos de “mi Señor, Altísimo, Omnipotente” que manifiestan a Dios en Cristo.


15. Cf 1S 2,6.

16. Cf Gn 19.

17. Gn 7, 24; Gn 6, 13-17.

18. Cf Jb 13,23.

19. Cf Gn 3,15.


20. Cf Jb 13,23. El subrayar este pensamiento, pone de relieve su gran humildad, reconociéndose pecador delante de un Dios omnipotente y misericordioso.


21. San Francisco también le dedica en sus escritos un pensamiento al príncipe de los Arcángeles: “…a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael les suplicamos humildemente te den gracias a Ti, Sumo Dios verdadero…” Cf 1R 23: 108. Guardaba también el ayuno y cuaresma de San Miguel, no es extraño pues, que N.P. Refugito como digno hijo de él, invocase su protección como más adelante se verá.

22. Cf Gn 41, 37,49.

23. Cf Jn 6,34.

24. Cf Mt 2, 13-15.

25. Cf Mt 26, 69-75; Lc 22, 55-62; Jn 18, 25-27.

26. Cf Hch 9, 1-19.

27. Cf Ex 14.

28. Cf Mi 4, 14; 5, 1-5.

29. Cf Jn 13,86.

30. Cf Sal 142,2.

31. Sal 142,2; Jr 9,9; Sal 76,5.

32. Sal 118,61.

33. Cf Nican Mopohua relato de la aparición. Diálogo de la Santísima Virgen de Guadalupe con San Juan Diego.

34. San Francisco también recomendaba esta adhesión al sacerdote, decía; “El Señor me envió y me sigue dando una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la Santa Iglesia romana, por su ordenación, que si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos”. Test 6-7; 122.

35. Cf Sal 93,19.

36. Lc 15, 11-24. “El proceso de la conversión y la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada ‘del hijo pródigo’ cuyo centro es el ‘Padre misericordioso’: la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión de los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre; todos estos rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son simbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Solo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. Cat. 1439.

37. Cf Sal 142, 3-4.


38. Para San Francisco no tenía sentido el culto del silencio como valor en sí.Era observado desde el principio como requisito del espíritu de oración. Recomendaba en el Cap. II de la RNB “hagan por guardar el silencio en la medida en que Dios les conceda esta gracia”. Pero había de tener en cuenta la intimidad fraterna para que no obstaculizara la espontaneidad y la alegría de la convivencia. Cf 1C 41: 167; 2C 19: 241; EP 95: 768; Rer 4, 9: 117.

39. Lc 2,17. Digno hijo de San Francisco, se maravillaba en ese Dios trascendente que se anonada en la Encarnación. Por lo mismo dedicará toda una plática a este misterio donde reina la pobreza y la sencillez.

40. Cf CtaO 38-40: 67. También San Francisco pidió perdón a sus hermanos porque con humildad reconocía que no había observado la Regla.

41. Cf Sal 91,6.

42. Cf Sal 8, 6-10.

43. Cf Sal 49,6.

44. Cf Sal 97,4.

45. Cf Jb 14,9; Sal 147,8; Lc 12, 22-31.

SOBRE LA CONFESIÓN

La consideraba como un medio eficaz para conseguir el espíritu de Jesucristo y para llegar a la perfección cristiana, que es a lo único que debemos aspirar; lo aconsejaba también para llegar a la perfecta caridad.

INSTRUCCIÓN

Sobre el buen uso del tiempo les decía: No consiste en tener ocupados todos los instantes, sino en emplearlos bien según la voluntad de Dios. Una vida ordenada, es la raíz de la alegría y de la igualdad de carácter que en nada se altera, a las que llevan vida ordenada nunca les estorba nada y tienen programado su trabajo para todo el día, dando preferencia a los ejercicios de piedad.

Conocedor de la vida religiosa, decía a sus hijas “aprovechen el tiempo y cuídense de la vanagloria que no abandona ni al superior ni al súbdito, ni el tibio ni al fervoroso, deja de comer con los que ayunan y se satisface con los que comen. Si guardamos silencio se descubre en nuestro semblante triste, si hablamos se manifiesta en nuestras palabras”, por eso les recomienda el examen detallado y cuidadoso.

Era amante de la teoría y práctica de la ley; contra las imperfecciones voluntarias se mostraba severo, intransigente, intolerante. El sabía cuál era el lugar que le correspondía.

Referente a la superiora dice que debe ser como el obispo o pastor, a ejemplo de Jesús, debe buscar las ovejas descarriadas para curarlas de las heridas, mezclando el bálsamo de la mansedumbre con la fortaleza de la corrección. Conocedor de las cualidades del corazón femenino dice que cuando está metida en la fragua del amor divino es insaciable en el amor, fuerte en el padecer y resuelta en el sufrir, por esto aconsejaba que en el amor de Dios practicaran los grados de este amor que son los siguientes:


1º. Morir antes de cometer un pecado mortal.

2º. Morir antes de cometer un pecado venial.

3º. Morir antes de cometer una imperfección.

Sobre la castidad decía: “El Espíritu Santo nos exhorta para que guardemos con todo cuidado nuestros corazones porque de él procede la vida. Vela sobre tus sentidos y potencias, sobre tus inclinaciones y deseos, porque son los medios ordinarios de que se sirven nuestros enemigos para privarnos de la vida del alma”.

Sobre la obediencia les afirma que Dios se anonadó hasta tomar la forma de siervo, padeció por amor del hombre y murió por ese mismo amor. ¡Oh amor grande, amor infinito, amor excesivo de mi Dios! ¿Qué es el hombre para que tanto le ames? La humildad y la obediencia son las alas que elevan a la cumbre de la perfección.

Sobre la pobreza les explicaba: Hay que desocupar nuestro corazón de nosotras mismas, del amor a las comodidades, las propias satisfacciones, a las honras y a las ventajas propias. Ustedes lo están probando, las trajo a la religión y el amor de Dios les ha hecho dulce la pobreza. Tendrán valor y esfuerzo en el camino de la vida que les llevará al cielo que es la Patria; les recuerda constantemente que no desfallezcan en el senda de la perfección que con tanta ilusión empezaron en los primeros días de su vocación y que permanezcan firmes en el deseo de amar a Dios, y por último aconsejaba a sus hijas que por mar o tierra, que con conventos o sin ellos arribaran a la más alta perfección sin estar deseando otro apostolado.

Así anhelaba Fray Refugio que fueran sus hijas: obedientes, humildes, pobres, candorosas y puras, estudiosas, pero sobre todo amantísimas de Cristo, hasta merecer llevar en lo más hondo de su corazón sus sagradas llagas.

COMO MAESTRO DE ESPÍRITU Y FUNDADOR

COMO MAESTRO DE ESPÍRITU Y FUNDADOR

Consciente de la obligación que había tomado, volvió a reunir en un cenáculo franciscano a sus primeras franciscanas, apartándolas del mundo, trata de encauzarlas y enseñarles algo nuevo, les entrega un reglamento y las invita a cumplirlo. Les enseña que la consagración, una vez emitida, hay que practicarla; este reglamento señalaba las reglas para emplear y santificar los días, las semanas, los instantes.

La finalidad que tuvo nuestro padre al fundarnos fue:

1º. Que fuera un instituto de perfección.

2º. Inspirado por el Señor, “prepararse para cultivar la viña del Señor destrozada” por las leyes de Reforma.

El espíritu franciscano que invita a toda criatura a la alegría, al gozo, porque grande es el amor con que Dios ha amado a todos los seres, pero en especial al hombre, tiene su expresión más significativa la noche de la Navidad que conmemora la manifestación histórica del amor de Dios al hombre. Consciente de esta maravilla nuestro Padre Refugito predica a sus hijas desbordante de alegría y las invita a alegrarse en el Señor, reconociendo todos los estados posibles de las almas religiosas, las invita a acercarse a la cueva de Belén, tanto a las inocentes como a las pecadoras, a las tibias como a las tentadas, a las tristes como a las turbadas, a alegrarse, que es la única manera franciscana de celebrar la Navidad.

Era vigilante, invitaba a sus hijas a no buscar el consuelo en las personas, sino únicamente en Dios.

Conocedor de todas las trampas del demonio, les enseñaba que se dedicaran al servicio de Dios, que se prepararan para la prueba. Aconsejaba que cuando sean tentadas recuerden que, aunque Cristo está dormido en la barca, está con ellas, y para salir de la tentación les recomendaba una sincera confianza en Dios, porque El mismo ha prometido tener protección de aquellos que ponen en El toda su esperanza.

Les pedía la correspondencia al llamamiento de Dios, ya que la gracia de Dios tiene sus principios, progresos y término. Les recomendaba el buen ejemplo de unas para con otras y paso a paso dirigía a sus hijas por el camino de la perfección.

Convencido, cree necesario que para hacer oración hay necesidad de un método, el cual creemos que sí se los enseñó a sus primeras hijas. Les aconsejaba la práctica de varias virtudes entre las que se destacan la caridad, la práctica de obras de misericordia tanto espirituales como corporales, y que cuando tuvieran ira, la apagaran con el agua de la paciencia; la caridad la comparaba con el sol que da luz, vida y calor a la naturaleza. Que la caridad ocupará su lugar cuando nuestro corazón esté vacío de nosotras mismas, del amor a las comodidades, de las propias satisfacciones y nuestras propias ventajas. La caridad hace nacer en nosotras la santidad, con ella crece, llega a ser grande, perfecta, hasta tener su culminación en la gloria. La caridad levanta nuestra voluntad a amar a Dios sobre todas las cosas, por sí mismo y por el mérito que tiene de ser amando, toda la esencia de la caridad se halla en estas palabras, no puede tener otro objeto que el mismo Dios: “Es propio del amor el convertir el amante en la persona amada, de manera que venga a ser ésta, por el afecto, cual aquella en el efecto”. La caridad es una verdadera amistad con Dios porque el amor mutuo que es indispensablemente un requisito para la verdadera amistad se halla en la caridad, pues quien la posee ama a Dios y es amado del mismo Dios.

La amistad entre Dios y el alma, fundado en la caridad, se comienza en la vida presente para continuarla en la otra con perfección, con razón esta amistad es el objeto de nuestros desvelos.

Referente a la humildad, les aconsejaba sufrir en silencio las reprensiones, que pusieran su confianza sincera después de Dios, en los siguientes grados de humildad:


1º. Tenerse en poco.

2º. Sufrir con paciencia cuando nos humillen.

3º. Sufrir con amor las humillaciones y desearlas.

COMO RELIGIOSO FRANCISCANO

COMO RELIGIOSO FRANCISCANO

Era dócil, austero, se esforzó por alcanzar la perfección sacerdotal y religiosa, riguroso consigo mismo y compasivo con los demás, hijo fiel y exacto cumplidor de la estrecha observancia del Colegio Apostólico de Pachuca, tenía cierta emulación por ser más austero, sin despreciar a los no observantes, exigente en lo substancial de la vida consagrada siendo pobre y ordenado, sin fijarse en detalles, sino más bien generoso, era puro de alma, requisito elemental para conseguir la perfecta caridad por lo cual se confesaba dos veces por semana como lo hacían en el Colegio Apostólico. Magnífica formación franciscana empapada del genuino espíritu de San Francisco; se interesaba por el bien de los demás sin dejar de reconocer el trabajo de sus hermanos.

Era admirable su espíritu de sumisión a sus superiores, siempre con espíritu de fe, viendo en ellos la misma autoridad que la de nuestro Seráfico Padre, y además, trata de descubrir en todas las cosas y circunstancias de la vida la voluntad del Señor.

Era religioso fervoroso, penitente, cumpliendo con los ayunos, abstinencias, disciplinas y todo lo que prescribía la Regla de los Colegios Apostólicos. Siendo sus principales devociones: la Santísima Virgen, señor San José, San Miguel Arcángel y santa Gertrudis.

Era alegre, amante de la paz entre los religiosos y eclesiásticos, tratando de llenar su vida de una auténtica vida franciscana; confiando a sólo Dios sus alegrías, sus penas, sus luchas y noches obscuras sin consuelo; amante de la bendición seráfica.

Entre los muchos carismas que Dios le dio resalta el de fundador. Estableció en su parroquia la Tercera Orden Franciscana, la archicofradía del cordón, la asociación de las Hijas de María, el establecimiento de la Tercera Orden Servita, la Sociedad Católica de varones y sobre todo fundó nuestra Congregación de Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción.

COMO SACERDOTE

COMO SACERDOTE

Fue pastor auténtico, fiel a la Ley Divina, humilde, fervoroso, de oración, trataba de llegar al amor perfecto de Dios y del prójimo, se consideraba servidor de todos para hacer el bien a los hombres, lo cual lo consiguió en el confesionario y en el púlpito; era profundo conocedor y maravilloso expositor de la Sagrada Escritura, sobre todo del Nuevo Testamento, tenía un basto conocimiento de la palabra del Señor, pero sentía una predilección por las parábolas y relatos en los que Nuestro Señor Jesucristo, que comprende la naturaleza humana y frágil del hombre; Magdalena a quien perdona; Pedro a quien dirige una mirada comprensiva y misericordiosa; la multitud hambrienta, etc.

Tenía un conocimiento de teología, autores como San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio, San Juan Crisóstomo, santo Tomás de Aquino y San Pedro Crisólogo.

En sus sermones no era cansado ni aburrido, sabe mantener vivo el interés tratando de que asimile el público que le escucha. Se cuida mucho de no ofender a nadie tanto en su conversación privada, como cuando dirigía sus pláticas como ministro del Señor.

Estaba lejos de ahuyentar a los pecadores cuando acudían a él. Su experiencia como confesor y director de las religiosas, a las que les decía que no solamente eran posibles las faltas en el estado de perfección, sino hasta frecuentes. Las animaba con las siguientes palabras: “Si una mano omnipotente no nos abriera las puertas de la esperanza y del perdón en los momentos del naufragio, nos arrojaríamos en el camino de la perdición; pero Dios nuestro Señor compadecido de nuestra miseria nos ha provisto de medios fáciles y eficaces que nos restituyen la paz y la tranquilidad”.

No era el predicador florido que buscaba de endulzar o recrear los oídos de sus oyentes, sino que trataba de despertar una paz y tranquilidad que no deben ser alteradas por las tentaciones.

Pedía a Dios que le concediera cumplimiento exacto de su ministerio, el celo de la gloria de Dios y la salvación de las almas. Estos eran los móviles del alma sacerdotal de nuestro Padre Refugito.

El día de su ordenación, hizo voto a Dios de ser todo de Jesucristo, ya que era de temperamento apasionado y de índole contemplativa dinámica, sabiendo conjugar la contemplación con la acción, ya que su ideal era ser imagen perfecta de Jesucristo.

COMO HOMBRE

COMO HOMBRE

Los sentimientos muy humanos y la actitud muy comprensiva que se manifestaba en los actos todos de la vida de nuestro Padre José Refugio, se debe a su formación franciscana, y al ambiente de persecución religiosa de México.

Los que se han empapado del genuino espíritu de Francisco llegan a tomar en vida una doble actitud de comprensión caritativa, en todo para el ser humano, y austeridad rigurosa en todo para consigo mismo.

Nuestro Seráfico Padre San Francisco, es el maestro de esta actitud tan evangélica. Nuestro Padre Refugito había profesado la estrecha observancia, del Colegio Apostólico de Pachuca, era feliz en la observancia de la misma; por lo mismo, como hombre fue formidable caballero de una conducta intachable que se preocupaba de las cosas a su cuidado prefiriendo la calidad a la cantidad, humano, vigilante, cuidadoso, detallista, minucioso, ordenado, escrupuloso, delicado, fino, observador, alegre, pacífico, trabajador, amante del diálogo, social, generoso, inofensivo, tanto en su conversación privada, como cuando dirigía sus pláticas, optimista, experto, respetuoso, cariñoso, ya que cuando nombraba a la comunidad les llamaba: “gozo mío, corona mía, pequeño cielo, jardín de cándidas azucenas”; psicólogo, sabía catalogar los valores humanos y no se mostraba exigente en detalles, era justo, piadoso, fervoroso, caritativo, con grande espíritu de fe, sabía aceptar la voluntad de Dios con alegría, era comprensivo, ya que recomendaba a sus hijas espirituales porque lo juzgaba necesario, el descanso y las recreaciones inocentes con un fin santo y virtuoso, después de haber cumplido con todas nuestras obligaciones. No se inmiscuía en señalar, como tenían que pasar estar recreaciones, las dejaba a su juicio y prudencia, sólo les recomendaba llevar el corazón lleno de amor al prójimo, de espíritu firme, delicado y cultivado, que infundía ánimo y confianza en los corazones. Ya que conocía el corazón humano.

Tiene la costumbre de intercalar en sus conversaciones, sobre todo cuando va a referir algo, “contando con el permiso de vosotras”. Es de notar su espíritu cultivado. Era reservado pues tan sólo a Dios acostumbraba confiar sus alegrías, penas y luchas, en fin, un hombre equilibrado.

LABOR FORMATIVA DEL PADRE FUNDADOR

miércoles, 12 de septiembre de 2012




Su labor formativa espiritual la basó en los siguientes puntos básicos:

1. Dar buen ejemplo y mostrarse siempre como cumplido religioso, hijo fervorosísimo del Seráfico Padre San Francisco;

2. En adoctrinar moral, espiritual y religiosamente a sus hijas, tanto internas como externas, mediante pláticas que les impartía tres veces por semana;

3. Las reunía cada domingo para tener con ellas un día de retiro espiritual;

4. Las confesaba una vez por semana, y les daba dirección espiritual individual, una vez por mes;

5. Procuraba ayudar y bienhechores al Instituto.

6. Práctica de las obras de misericordia.

Siempre optimista albergaba una gran esperanza en el futuro de sus hijas; de las que Dios se serviría para renovar el espíritu religioso aún cuando todavía por las circunstancias adversas de México tenían que vivir ocultas.

A los 20 años de haber iniciado su obra, viendo Dios que ésta podía caminar por sí sola, el Señor lo recogió. Eran las cuatro y media de la tarde del viernes 13 de abril de 1894.

La presencia de nuestro querido Padre Fundador, para el crecimiento de la planta que había sembrado en el jardín seráfico mexicano y en la que empezaban a brotar los capullos, no era necesario en el plan de Dios de donde procede todo bien. Dios lo llamó al Reino de los Cielos. Se alejó de la tierra de la Virgen Morena, ya que su espíritu y carisma había sido aprisionado por 28 jóvenes religiosas mexicanas.

PERFIL DE NUESTRO PADRE REFUGITO

martes, 27 de marzo de 2012

COMO HOMBRE

Los sentimientos muy humanos y la actitud muy comprensiva que se manifestaba en los actos todos de la vida de nuestro Padre José Refugio, se debe a su formación franciscana, y al ambiente de persecución religiosa de México.

Los que se han empapado del genuino espíritu de Francisco llegan a tomar en vida una doble actitud de comprensión caritativa, en todo para el ser humano, y austeridad rigurosa en todo para consigo mismo.

Nuestro Seráfico Padre San Francisco, es el maestro de esta actitud tan evangélica. Nuestro Padre Refugito había profesado la estrecha observancia, del Colegio Apostólico de Pachuca, era feliz en la observancia de la misma; por lo mismo, como hombre fue formidable caballero de una conducta intachable que se preocupaba de las cosas a su cuidado prefiriendo la calidad a la cantidad, humano, vigilante, cuidadoso, detallista, minucioso, ordenado, escrupuloso, delicado, fino, observador, alegre, pacífico, trabajador, amante del diálogo, social, generoso, inofensivo, tanto en su conversación privada, como cuando dirigía sus pláticas, optimista, experto, respetuoso, cariñoso, ya que cuando nombraba a la comunidad les llamaba: “gozo mío, corona mía, pequeño cielo, jardín de cándidas azucenas”; psicólogo, sabía catalogar los valores humanos y no se mostraba exigente en detalles, era justo, piadoso, fervoroso, caritativo, con grande espíritu de fe, sabía aceptar la voluntad de Dios con alegría, era comprensivo, ya que recomendaba a sus hijas espirituales porque lo juzgaba necesario, el descanso y las recreaciones inocentes con un fin santo y virtuoso, después de haber cumplido con todas nuestras obligaciones. No se inmiscuía en señalar, como tenían que pasar estar recreaciones, las dejaba a su juicio y prudencia, sólo les recomendaba llevar el corazón lleno de amor al prójimo, de espíritu firme, delicado y cultivado, que infundía ánimo y confianza en los corazones. Ya que conocía el corazón humano.

Tiene la costumbre de intercalar en sus conversaciones, sobre todo cuando va a referir algo, “contando con el permiso de vosotras”. Es de notar su espíritu cultivado. Era reservado pues tan sólo a Dios acostumbraba confiar sus alegrías, penas y luchas, en fin, un hombre equilibrado.


COMO SACERDOTE

Fue pastor auténtico, fiel a la Ley Divina, humilde, fervoroso, de oración, trataba de llegar al amor perfecto de Dios y del prójimo, se consideraba servidor de todos para hacer el bien a los hombres, lo cual lo consiguió en el confesionario y en el púlpito; era profundo conocedor y maravilloso expositor de la Sagrada Escritura, sobre todo del Nuevo Testamento, tenía un basto conocimiento de la palabra del Señor, pero sentía una predilección por las parábolas y relatos en los que Nuestro Señor Jesucristo, que comprende la naturaleza humana y frágil del hombre; Magdalena a quien perdona; Pedro a quien dirige una mirada comprensiva y misericordiosa; la multitud hambrienta, etc. Tenía un conocimiento de teología, autores como San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio, San Juan Crisóstomo, santo Tomás de Aquino y San Pedro Crisólogo.

En sus sermones no era cansado ni aburrido, sabe mantener vivo el interés tratando de que asimile el público que le escucha. Se cuida mucho de no ofender a nadie tanto en su conversación privada, como cuando dirigía sus pláticas como ministro del Señor. Estaba lejos de ahuyentar a los pecadores cuando acudían a él. Su experiencia como confesor y director de las religiosas, a las que les decía que no solamente eran posibles las faltas en el estado de perfección, sino hasta frecuentes. Las animaba con las siguientes palabras: “Si una mano omnipotente no nos abriera las puertas de la esperanza y del perdón en los momentos del naufragio, nos arrojaríamos en el camino de la perdición; pero Dios nuestro Señor compadecido de nuestra miseria nos ha provisto de medios fáciles y eficaces que nos restituyen la paz y la tranquilidad”. No era el predicador florido que buscaba de endulzar o recrear los oídos de sus oyentes, sino que trataba de despertar una paz y tranquilidad que no deben ser alteradas por las tentaciones. Pedía a Dios que le concediera cumplimiento exacto de su ministerio, el celo de la gloria de Dios y la salvación de las almas. Estos eran los móviles del alma sacerdotal de nuestro Padre Refugito.

El día de su ordenación, hizo voto a Dios de ser todo de Jesucristo, ya que era de temperamento apasionado y de índole contemplativa dinámica, sabiendo conjugar la contemplación con la acción, ya que su ideal era ser imagen perfecta de Jesucristo.



COMO RELIGIOSO FRANCISCANO

Era dócil, austero, se esforzó por alcanzar la perfección sacerdotal y religiosa, riguroso consigo mismo y compasivo con los demás, hijo fiel y exacto cumplidor de la estrecha observancia del Colegio Apostólico de Pachuca, tenía cierta emulación por ser más austero, sin despreciar a los no observantes, exigente en lo substancial de la vida consagrada siendo pobre y ordenado, sin fijarse en detalles, sino más bien generoso, era puro de alma, requisito elemental para conseguir la perfecta caridad por lo cual se confesaba dos veces por semana como lo hacían en el Colegio Apostólico. Magnífica formación franciscana empapada del genuino espíritu de San Francisco; se interesaba por el bien de los demás sin dejar de reconocer el trabajo de sus hermanos.

Era admirable su espíritu de sumisión a sus superiores, siempre con espíritu de fe, viendo en ellos la misma autoridad que la de nuestro Seráfico Padre, y además, trata de descubrir en todas las cosas y circunstancias de la vida la voluntad del Señor. Era religioso fervoroso, penitente, cumpliendo con los ayunos, abstinencias, disciplinas y todo lo que prescribía la Regla de los Colegios Apostólicos. Siendo sus principales devociones: la Santísima Virgen, señor San José, San Miguel Arcángel y santa Gertrudis. Era alegre, amante de la paz entre los religiosos y eclesiásticos, tratando de llenar su vida de una auténtica vida franciscana; confiando a sólo Dios sus alegrías, sus penas, sus luchas y noches obscuras sin consuelo; amante de la bendición seráfica.

Entre los muchos carismas que Dios le dio resalta el de fundador. Estableció en su parroquia la Tercera Orden Franciscana, la archicofradía del cordón, la asociación de las Hijas de María, el establecimiento de la Tercera Orden Servita, la Sociedad Católica de varones y sobre todo fundó nuestra Congregación de Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción.